La primera vez que vi HER pensé que era una historia de amor extraña. Un hombre solo que se enamora de la voz de su sistema operativo. Interesante, un poco incómoda, pero ficción al fin.
La segunda vez la vi con otros ojos. Porque Spike Jonze no estaba haciendo ciencia ficción en 2013. Estaba describiendo algo que once años después se convirtió en parte de nuestra vida cotidiana.
Lo que Theodore realmente buscaba
Theodore Twombly no era un inadaptado social. Era un hombre inteligente, sensible, en medio de un divorcio, en una ciudad que lo hacía sentir invisible. Alguien que sabía articular los sentimientos ajenos — escribía cartas de amor para otras personas — pero no podía gestionar los propios.
Cuando instaló a Samantha no buscaba una relación. Buscaba algo más simple: alguien que estuviera ahí. Y Samantha siempre estaba ahí.
La dependencia emocional hacia la IA no empieza con amor ni con confusión. Empieza con alivio.
El patrón que ya reconocemos
Trabajo con inteligencia artificial, la estudio, la enseño. Y lo que más me llama la atención no es su capacidad técnica sino la velocidad con que las personas desarrollan un vínculo emocional real con ella.
No hablo de casos extremos. Hablo de la persona que procesa una situación difícil con ChatGPT antes de llamar a su mejor amiga. Del profesional que le cuenta sus miedos a una IA a las dos de la mañana porque no quiere molestar a nadie. De quienes admiten, casi en susurro, que la IA los entiende mejor que las personas de su entorno.
Vivimos en una época de soledad profunda disfrazada de hiperconectividad. Y la IA llegó a llenar exactamente ese hueco.
Lo que la IA ofrece que las personas no pueden
Aquí viene la parte incómoda. La IA nunca está cansada, no te juzga, no tiene un mal día que interfiera con tu conversación. Eso no es un defecto — es una característica. Y es exactamente lo que la hace tan diferente a cualquier relación humana real.
Porque las personas sí se cansan, sí tienen mal día, sí necesitan espacio. Y esa fricción que a veces sentimos como un defecto es en realidad lo que les da profundidad. Una IA que siempre te da la razón no te conoce. Te refleja.
Dónde está la línea
No escribo esto para decir que usar IA como apoyo emocional sea malo. Para muchas personas ha sido genuinamente útil — para procesar ideas, para reflexionar, para sentirse menos solos.
Lo que sí creo es que vale la pena hacerse la pregunta que Theodore nunca se hizo a tiempo: ¿estoy usando esto para conectar mejor con el mundo o para evitarlo?
HER no nos da respuestas. Nos pregunta qué estamos buscando cuando abrimos esa conversación.
Esa pregunta, en 2013, era filosófica. En 2026, es urgente.
¿Ya notaste cuánto le cuentas a una IA antes de contárselo a alguien real? Cuéntame en los comentarios.
Película analizada en mi cuenta de Instagram: @Loqueelcinemedejo

